I
Suena la campana. Su figura esculpida por el
ejercicio disciplinado baila sobre el ring. Su guardia baja y sube como
provocando al rival. Lanza uno y dos golpes, y el adversario retrocede. Desde
el primer minuto va al ataque, no da tregua, él quiere terminar cuanto antes la
pelea.
Jonathan Maicelo nació y creció en los Barracones del
Callao, una de las zonas más peligrosas y con mayor incidencia de drogadicción
en la capital, pero con él no iba ese asunto. Más bien ese escenario le sirvió
para tener la certeza de lo que no quería ser en la vida. “Lo que pasa es que
yo siempre he tenido personalidad, para mí no ha sido muy difícil alejarme de
las drogas a pesar de vivir en un barrio movido del Callao –nos cuenta–. Yo siempre lo he tenido claro, no porque me
haya sucedido a mí, sino viendo cómo la droga destruía a mis amigos”.
No conoció a su padre hasta años más tarde, cuando ya era un
respetado boxeador, pero tuvo el apoyo decidido de su abuela que lo crió, ya
que su madre –como muchas mujeres en nuestro país– asumió la responsabilidad de
mantener a la familia. Y fue la abuela materna quien le inculcó ese carácter
para vencer cualquier obstáculo, y también esa ambición propia de los campeones
de ser el mejor. “De niño jamás me pegaron –recuerda Maicelo, con orgullo–. Mi abuela
me decía que no debía dejarme con nadie, que yo podía responderle a cualquiera,
fue por ella que aprendí a defenderme”.
Maicelo se había ganado la fama de niño con muy pocas
pulgas. Aquel que se atrevía a desafiarlo o molestar a alguien de su entorno,
pagaba cara su osadía.“Yo me
peleaba bien para defenderme o para defender a mis primos o a mis amigos, no
para pelear por cosas sin sentido como lo hacen las pandillas. Yo me enfrentaba
a los abusivos, siempre he tenido conciencia de defender al más débil”,
sentencia.
De sus continuos enfrentamientos a puño limpio, surge la
idea de practicar el boxeo. En el barrio sus amigos le decían: “Oye, tú que
tanto te peleas, dedícate al box, de repente ahí te liga”. Maicelo hizo caso al
sabio consejo de la calle y a los 13 años de edad decidió probarse en el
deporte de las narices chatas. Con el tiempo, llegó a coronarse campeón
nacional y a representar al Perú en varios certámenes internacionales.
II
El jab acaba manso en
su pómulo izquierdo, retrocede, ahora le muestra su mentón, lo guapea. Otro
golpe, pero está vez le roza la oreja derecha, y otro más, pero no le toca. Su
agilidad felina le hace esquivar los golpes, para ello se ha entrenado desde
muy pequeño. Las arremetidas de su rival no le duelen, todo está en la mente.
- Ahora mi abuela está contenta porque ella siente que yo
soy un profesional, ella siempre me decía que estudiara algo, pero esas cosas
cuestan y nosotros no teníamos cómo pagarlas. A pesar de ello, he salido
adelante, y lo que hago es tan válido como ser abogado, doctor o ingeniero,
porque yo también soy un profesional.
- ¿Y qué significa ser un profesional?
- Para mí un profesional significa ser responsable y estar
bien metido en lo suyo.
El “depredador”, como también se le conoce en el mundo
boxístico, se levanta muy temprano en la mañana para salir a correr y realizar
su rutina de ejercicios, luego dicta clases particulares de boxeo. Por la tarde, entrena en la Bombonera del Estadio Nacional,
y en la noche colabora en terapias matrimoniales, enseñando a boxear a las
parejas que usan este deporte para descargar su agresividad. “Enseño a las
chicas cómo pegarles a los chicos”, dice Maicelo, esbozando una sonrisa
cómplice.
Nuestro país –que le da la espalda no sólo a la gente que
menos tiene sino también a sus deportistas– puede desalentar a cualquiera,
inclusive a un carácter tan fuerte como el de Maicelo.
- Ser boxeador en el Perú es harto difícil por la falta de
apoyo –remarca nuestro campeón nacional–, te puede desanimar muchas cosas como
cuando no tienes quien te diga: “oye, toma una proteína o una vitamina”, o
cuando pierdes una pelea y ya nadie te da bola. Entonces, tienes que entrenar
para ganarte de nuevo la confianza de la gente. Felizmente, por mi propio
esfuerzo he conseguido el apoyo que necesitaba.
Ese esfuerzo lo ha llevado a dedicarse a otros oficios para sostener
a su familia. Trabajó realizando desalojos, como cobrador en una combi y de agente
de seguridad. “Ha sido difícil pero el punto es darle duro hasta el final, hay
que ser metido. Uno debe luchar para alcanzar lo que quiere”, enfatiza Maicelo.
III
De nuevo contraataca, con
una combinación de derecha e izquierda lleva a su oponente contra las cuerdas.
Su adversario lo abraza y enreda la pelea. El juez los separa. De nuevo mide su
distancia, lo observa, busca la mejor posición para asestar su golpe. Mientras
la afición grita su nombre, lanza un derechazo fulminante que cae sobre la
humanidad de su adversario que tambalea. Suena la campana.
- Para mí continúa la lucha, esto no ha acabado. Ahora soy
reconocido, pero igual sigo trabajando y no me quejo, porque siento que las
cosas me están yendo bien. Estoy construyendo la casa de mi mamá, lo cual veía
muy lejano, pero ahora gracias Dios tengo el dinero para construirla.
Maicelo es tan contundente como un gancho en el box cuando
dice que se converti rá en nuestro primer campeón mundial de box masculino.
Según sus cálculos, la obtención de la corona mundial de peso ligero será
posible en dos años aproximadamente. Mientras tanto, en los próximos días
viajará a México y de ahí a Estados Unidos para prepararse con el fin de
alcanzar un mayor nivel competitivo. “Uno tiene que meterse en la cabeza que
puede conseguir lo que quiere, cuando digo que voy a ser campeón del mundo es porque
lo seré”, asegura.
Entrevista realizada en septiembre de 2009.

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